Observando un árbol (2)

Luego de jornadas de ardua actividad, el cuerpo inerte vocea persistente a la quietud, a marcha forzada el trabajador camina su sombra  acompañado del iluminado firmamento y, el silencio cómplice del momento, trenza su ahora sin que la razón lo apure al  desgano de un después. En noche cerrada su entendimiento se abre a ilusiones sin nombre, regocija sus sueños en el monte lejano de su conciencia. Y cuando asentaba su energía en nebulosas sin límite, el claror de la luna le anunció su partida, advirtió que su esplendor se disipaba en el albor de un nuevo amanecer.

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Asimismo, el vívido madero adormeciendo su existencia, notifica su descanso. En un todo, la vista capta el sino de la vida, origen arrobador de incógnitos senderos. Pasantes husmearán la placidez del fin, y a su lado, en armónica unidad se aprestarán a renovar su YO.

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Como casi un ser humano, un árbol en su meritorio descanso, como él, todos yaceremos y en circunstancial sosiego, revestidos de emoción seremos abrazados en el gran océano de la existencia.

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